El 7 de febrero de 2000, la argentina Mercedes BeatrizLanda Moreira supo que aquel no era su nombre. Que sellamaba Claudia Poblete Hlaczik. Que Mercedes y elexmilitar Ceferino no eran sus padres. Que susverdaderos progenitores eran Gertrudis Hlaczik y elchileno José Poblete. Que sus padres habían sidodetenidos, torturados y hechos desaparecer por agentesde la dictadura desde el centro de exterminio “El Olimpo”en Buenos Aires. Que ella también había sido secuestrada,alosocho meses de edad, y entregada a susapropiadores. Todo esto lo supo veinte años más tarde enuna oficina del tribunal, frente a un juez. Sintió unrelámpago atravesándola, una descarga eléctrica cuandovio ante sí la carpeta que contenía tres fotos en blanco ynegro: un hombre, una mujer y una bebé de cachetesrechonchos en la que se reconoció de inmediato. Afuera,en el pasillo, la esperaba parte de su familia verdadera. Laprimera reacción de Claudia al verlos fue de una cautelacercana a la desconfianza. Le dijeron que la habían estadobuscando desde siempre, que su abuela no había perdidojamás la esperanza. Le entregaron unos casetes. Fuerondelicados, prudentes, sabían que no podían presionarla,que la verdad se instalaría lentamente en ella, día a día,gota a gota. Esa noche, Claudia comenzó a escuchar lascintas que contaban su verdadera historia. Su mundo sederrumbaba desde sus cimientos.